Resiliencia y sororidad, el ADN de la mujer rural

El 18 de diciembre de 2007, la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) decidió que cada 15 de octubre debíamos reconocer en todo el mundo la importante contribución de las mujeres en el desarrollo rural y agrícola, su aportación a la reducción de la pobreza y las mejoras que generan en la sostenibilidad medioambiental y poblacional. Precisamente con motivo de esta efeméride, la ONU publica un manifiesto en el que reivindica la resiliencia de las mujeres rurales, es decir, su capacidad para sobreponerse a momentos críticos o de lograr superar las adversidades con resultados positivos. El tema de este Día Internacional de las Mujeres Rurales es por ello “Construir la resiliencia de las mujeres rurales a raíz del COVID-19”, para crear una mayor conciencia de los obstáculos que de estas mujeres deben superar a diario, de sus necesidades y su papel clave en nuestra sociedad.

Las mujeres rurales han vuelto a demostrar su fortaleza. Antes de esta pandemia ya se enfrentaban a diario a grandes dificultades, pero es ahora cuando su papel cobra mayor importancia. Su labor es invisible, pero sin ella habría sido imposible el mantenimiento de nuestros pueblos y de nuestras zonas rurales, las más alejadas de los grandes núcleos de población, espacios que aún mantienen barreras estructurales y sociales que las limitan. 

Creo firmemente que la sociedad en su conjunto debe mostrar su reconocimiento a la contribución de las mujeres en nuestras zonas rurales. Defender su papel no solo supone reivindicar la igualdad. También implica proteger la sostenibilidad medioambiental y el desarrollo poblacional que hace posible el mantenimiento de nuestros pueblos y de su actividad económica. Reivindicar el papel de la mujer rural es sinónimo de defender el progreso, el emprendimiento, la igualdad, la innovación, el liderazgo, el sacrificio, la diversidad, la generosidad… Por todo ello debemos seguir escuchando sus necesidades y sus reivindicaciones y darles respuesta para mejorar la calidad de vida en el medio rural.

Debemos lograr que las mujeres del medio rural tengan los mismos derechos que las mujeres de las zonas urbanas, así como el acceso a los servicios públicos para la atención de sus necesidades y las de sus familias o la conciliación de la vida laboral y personal. El concepto de igualdad adquiere un papel protagonista cuando hablamos del medio rural y para ello es necesario modificar ciertos comportamientos sociales, implementar mecanismos públicos efectivos que mejoren sus vidas pero, sobre todo, reconocer la labor y el trabajo que desarrollan.

Uno de los ejemplos de ese compromiso lo ha mostrado el área de Igualdad de la Diputació de València, en colaboración con FADEMUR (Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales), que ha puesto en marcha la iniciativa ‘Mujeres referentes del mundo rural’, un proyecto pionero para el emprendimiento femenino rural, premiando su dedicación, trayectoria y atrevimiento, y dándole voz a su historia y negocio.

También el Gobierno es consciente de la importancia de dar nuevos pasos adelante, uno de los últimos lo ha dado esta misma semana el Consejo de Ministros, que ha empezado a tomar medidas para combatir la brecha salarial y, para ello, ha aprobado un plan de igualdad salarial entre hombres y mujeres. Pero también sigue trabajando en el Pacto de Estado contra la Violencia de Género y sus particularidades en el medio rural. Del mismo modo, mantiene su compromiso para que la ley de Titularidad compartida sea efectiva o que la PAC contemple la perspectiva de género.

Motivar la igualdad y una integración plena en la vida social de las mujeres rurales es sinónimo de desarrollo económico pero también supone una aproximación a una sociedad avanzada y diversa. Hablo de aproximación porque todavía existen ciertos esquemas sociales en el imaginario colectivo que se deben superar para poder hablar de una igualdad efectiva y por tanto del empoderamiento de las mujeres. Porque no olvidemos, empoderar es un proceso individual y colectivo.

Este proceso pasa entre muchos aspectos, por una modificación de los estereotipos. Es crucial eliminar la segregación ocupacional por razón de género, especialmente en un entorno con trabajos tradicionalmente considerados “para hombres” y que tiene como efecto la perpetuación más profunda del patriarcado ya que en la mayoría de casos, restringe el papel de la mujer al hogar. Una brecha de género que sin duda limita la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres.

A propósito de las oportunidades, es necesario también modificar la concepción de este término cuando se trata de iniciar una idea o un proyecto en el medio rural. En definitiva, emprender. Porque el emprendimiento de las mujeres rurales no tendría que ser concebido únicamente como una vía de escape auspiciada por la necesidad sino una alternativa elegida, estudiada, valorada que requiere esfuerzo e implicación.

Para superar estos patrones culturales y sociales mencionados, y otros muchos, la sororidad es fundamental. La Real Academia de la Lengua (RAE) lo define como “la relación de solidaridad entre las mujeres, especialmente en su lucha por su empoderamiento”. Hace referencia a la unión, a la necesidad de generar redes y alianzas para que las mujeres podamos alcanzar espacios en la sociedad civil. Y bajo esta premisa han surgido en los últimos años, distintas organizaciones que con su activismo contribuyen a que el liderazgo de las mujeres y su papel transformador sea cada vez más visible en el mundo rural.

Y es que en estos casos, visibilizar supone exhibir la realidad de las mujeres rurales para que todos en nuestro conjunto, hombres y mujeres, atajemos la desigualdad que no es aceptable en una sociedad avanzada como la nuestra. Solo desde el conocimiento podremos combatir las diferencias que aún existen. Es un trabajo individual y colectivo. 

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