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Economía y salud pública, ¿términos incompatibles?

Desde que comenzó la pandemia del COVID-19 han sido numerosas las voces que han mostrado la necesidad de elegir entre el mantenimiento de la economía y la salud pública, de tal modo que la elección de un elemento excluya matemáticamente al otro. Sin embargo, es posible compatibilizar ambos conceptos. Salud y economía son conceptos que no podemos desligar. Una sociedad sana, es una sociedad próspera, con mejores recursos para mejorar el estado de bienestar.

El virus que nos azota a nivel mundial nos obligó hace unos meses a frenar en seco, a paralizar prácticamente todos nuestros sectores económicos.  En aquel momento la prioridad era salvar vidas ante una situación extremadamente crítica.  Desplegamos un escudo social para proteger a los más vulnerables, habilitamos ayudas para los autónomos, asistimos a los trabajadores y aprobamos un avance social histórico: el Ingreso Mínimo Vital.

En junio dejamos atrás aquellos 100 días del estado de alarma. La “nueva normalidad”, nos ha permitido abrir paso al deshielo económico en plena pandemia, reactivar la actividad, tras la que se ha definido como la mayor conmoción sanitaria, social y económica de los últimos 80 años. Sin embargo, en este nuevo contexto, no debemos olvidar que el virus no ha dejado de circular. La movilidad propia de la temporada estival, las interacciones familiares y los encuentros sociales han causado un indeseado incremento de las cifras de positivos. Es cierto que no podemos achacar el aumento de contagios a un único factor y que la mayor parte de la población valenciana está manteniendo un comportamiento ejemplar. No obstante,  no podemos bajar la guardia. Debemos estar vigilantes y atajar determinadas actitudes que han elevado las estadísticas. 

Los expertos ya han advertido que los comportamientos no pueden volver a ser los mismos que antes de la pandemia, todavía no. Nuestra actitud individual resulta determinante. La lucha contra el coronavirus es responsabilidad de la sociedad en su conjunto y nuestra contribución, sin duda, ayudará a rebajar la carga asistencial del sistema sanitario, redundará en el necesario crecimiento económico de nuestro país y contribuirá a una gestión efectiva de la epidemia.

Creo sinceramente en que, con el esfuerzo de toda nuestra sociedad estamos a tiempo de evitar medidas drásticas como las que nos llevaron al confinamiento del pasado marzo. Administraciones públicas, sectores económicos, colectivos sociales y el conjunto de la ciudadanía debemos remar en la misma dirección para fortalecer la estrategia de contención y ataque de un virus que no puede volver a doblegarnos.

El Gobierno progresista de Pedro Sánchez sigue trabajando para buscar la necesaria unidad y los acuerdos necesarios para salir cuanto antes de esta crisis, siempre velando para para que prevalezca la justicia social y nadie quede atrás. La reactivación ya empieza a reflejarse en las cifras de empleo y de actividad económica. También en la Comunitat Valenciana, el president Puig ha suscrito el pacto para la reconstrucción con patronal, sindicatos y todas las instituciones valencianas.  

Tenemos por delante la tarea de la recuperación de nuestra economía. Para ello, es nuestra responsabilidad esforzarnos para iniciar el curso en las mejores condiciones epidemiológicas. Sabemos que el riesgo de contagio no será nunca cero, ni en los centros escolares, ni en los lugares de trabajo, ni en cualquier actividad… pero sí que podemos trabajar unidos para minimizarlo. 

Uno de los grandes retos que se nos plantea en pocos días es la vuelta a los centros escolares. La pandemia ha causado la mayor disrupción que nunca ha vivido el sistema educativo mundial. La ONU ha alertado de que a mediados de julio las escuelas permanecían cerradas en más de 160 países, algo que afecta a más de 1.000 millones de estudiantes. El Consell sigue avanzando para asegurar la salud de todo nuestro alumnado y garantizar una vuelta a las aulas segura, presencial e inclusiva consensuando con todos los partícipes la forma más adecuada para ello.   

Vivimos un momento decisivo para la Comunitat Valenciana y para el resto del país y debemos estar a la altura de este enorme desafío. Nadie tiene la certeza de cuál es la mejor fórmula. Lo único que podemos afirmar con rotundidad es que solo con unidad y determinación podremos hacer frente a la necesaria reconstrucción de nuestro país. 

La cogobernanza entre Estado y Comunidades Autónomas va a ser una de las claves para que los próximos meses sean productivos económicamente pero sin perder de vista un virus que sigue infectando y afectando a la población. 

La seguridad plena no existe nunca pero las distintas instituciones llevan meses trabajando para contener el virus, activar la actividad económica y que la nueva normalidad sea lo más pronto posible una normalidad mejorada. A nivel individual podemos aportar mucho siendo ejemplares en nuestros comportamientos.

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La violencia sí tiene género

El inicio de la desescalada tras cerca de cien días de confinamiento nos mostró un fenómeno para muchos desconocido; el denominado “Síndrome de la Cabaña”. Según los expertos, esta secuela psicológica la experimentan personas que mantienen la percepción de que su casa es el lugar más seguro en el que pueden permanecer y desarrollan pensamientos catastrofistas vinculados a lo que se encuentra más allá de los límites del hogar. Más allá de este síndrome, lo cierto es que durante esas complicadas semanas en las que permanecimos aislados para doblegar la curva del virus, nuestras casas fueron nuestro refugio, nuestro lugar seguro. Ese entorno confortable en el que fuimos espectadores a través de los medios del trabajo incesante de miles de profesionales para ganar la batalla sanitaria. 

Sin embargo, lo que para la mayoría de la población representa un entorno en el que mantenerse a salvo y protegido, ha supuesto un auténtico calvario para miles de mujeres que se han visto obligadas a convivir con sus “verdugos”. Resulta paradójico que los hogares que han servido para proteger a las personas del COVID-19 hayan supuesto un espacio de vulnerabilidad y violencia para algunos menores y mujeres.  El estado de alarma ha encerrado a las víctimas con sus maltratadores. 

España registró la muerte número 1.000 el 20 de abril, en pleno estado de alarma.  La víctima era Irene, de Olot (Gerona);  una madre de 44 años que coincidía con el “perfil tipo” de mujer asesinada a manos de un hombre desde que estos crímenes comenzaron a contabilizarse.

Según el último estudio del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género,  entre enero de 2003 y abril de 2019 hubo un asesinato machista cada semana,  es decir, más de 60 al año. El perfil de las víctimas era, en su mayoría, de mujeres jóvenes, de nacionalidad española y con hijos que convivían con el agresor. Además, otro denominador común entre ellas es que gran parte de ellas -tres de cada cuatro-eran madres y casi la mitad tenían hijos menores de edad. Este drama ha supuesto dejar huérfanos a 765 menores, de los cuales 499 eran hijos del agresor y 266 fruto de relaciones anteriores o posteriores. En la Comunitat Valenciana, desde 2003, en el que comenzaron a contabilizarse los asesinatos machistas, ya son 134 las mujeres y seis los menores de edad los que han perdido la vida en manos de sus parejas o exparejas, dejando a 41 menores huérfanos.

Los datos registrados también revelan que durante la pandemia las llamadas al 016 para el asesoramiento en esta materia aumentaron un 47% y las consultas online un 650%, si comparamos el periodo del 1 al 15 de abril de 2019 con el del presente ejercicio.  Hablar de estas cifras resulta cada vez más desgarrador y alarmante, especialmente en un momento en el que los agresores han percibido mayor impunidad para acometer sus objetivos. 

El estado de alarma y el aislamiento que ha traído aparejado ha entrañado una mayor dificultad a los poderes públicos y para las fuerzas de seguridad para actuar ante el primer indicio de violencia, un periodo en el que se ha evidenciado la creciente necesidad de atención a las víctimas. Esta experiencia nos muestra la necesidad de seguir implementando medidas de prevención, sensibilización e intervención para erradicar la violencia machista y reforzar el trabajo conjunto de las instituciones en nuestra provincia, a través de la Red de Municipios Protegidos contra la Violencia de Género impulsada por la Diputación de València. También resulta crucial mantener las vías de diálogo e interlocución con el Estado para extirpar de nuestra sociedad esta lacra que se ha llevado por delante a demasiadas víctimas. 

Precisamente este desfavorable contexto llevó al Grupo Parlamentario Socialista en el Congreso a presentar una Proposición no de Ley para reforzar el apoyo a las víctimas de la Violencia de Género ante la emergencia sanitaria generada por el COVID-19 y otra iniciativa para la atención de los menores frente a la violencia en situaciones de confinamiento. 

Tras la declaración del estado de alarma, también el Gobierno puso en marcha un plan de contingencia contra la violencia machista, medidas estratégicas encaminadas a prevenir, controlar y minimizar las posibles consecuencias negativas derivadas del confinamiento. Para implementar jurídicamente este plan se aprobó un real decreto-ley de medidas urgentes en materia de protección y asistencia a las víctimas de violencia de género, y en una segunda fase, adoptó una serie de medidas dirigidas a las víctimas de trata y explotación sexual. 

Es cierto que hemos avanzado para combatirla y aumentar la protección de las víctimas. La Orden de Protección (LO 27/2203 de 31 de julio), la Ley Integral contra la Violencia de Género, aprobada en 2004 por el Ejecutivo socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, la reforma de más de una decena de leyes o la aprobación del Pacto de Estado contra la Violencia de Género en 2017 son claras muestras de ello. También la plataforma  VioGén, un protocolo de seguimiento integral a las víctimas de violencia de género, o la campaña ‘Mascarilla 19’ en las farmacias, para ayudar a las mujeres que sufren violencia machista han sido herramientas que, sin embargo, son insuficientes para frenar las terribles estadísticas.

Creo sinceramente que en esta cuestión nunca podremos ser conformistas. Las víctimas de violencia deben saber que estamos cerca de ellas para apoyarlas y acompañarlas. Como sociedad debemos asumir que la violencia de género es una violación de los derechos humanos. No podemos consentir que el hogar sea un lugar peligroso para nadie. 

En un momento en el que hay partidos en las instituciones que niegan la propia existencia de la violencia de género, debemos multiplicar nuestros esfuerzos para seguir impulsando el Pacto de Estado contra la Violencia de Género y concienciar al conjunto de la sociedad de que existe una violencia específica contra las mujeres por el hecho de serlo.  La violencia sí tiene género.

Como mujer, como socialista y como feminista creo que no puede haber más cobarde expresión de la desigualdad que la violencia contra la mujer. Mientras la violencia de género exista en nuestro país no podremos detenernos. Seguiremos luchando para vivir en una sociedad justa e igualitaria.

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Mucho más que abuelos

Cuando pienso en las personas mayores recuerdo con especial cariño la afectividad extrema que existió siempre entre mis hijos y sus abuelos. No tengo situaciones personales evocadoras con los míos, anécdotas en nebulosas que vienen a mi mente más por historias contadas y fotografías antiguas que vivencias reales. Pero sí tengo muy presente el amor sin condiciones que mis pequeños recibieron y que tuvieron la oportunidad de devolverles en el umbral de su partida. La calidez, las caricias, los cuidados, las enseñanzas y la entrega absoluta por encima incluso de sus diferencias, se convirtieron en acciones de doble dirección.

Siento particular nostalgia por esas personas de piel surcada por los años capaces de crear instantes mágicos, sonrisas robadas, sabores genuinos  y, sobre todo, cálidos abrazos que nadie -ni siquiera los padres- puede sustituir. Los momentos vividos con los abuelos son esenciales durante la infancia. Sus abrazos, sus miradas, sus cuentos, sus besos… son muestras de amor incondicional que resultan imborrables de nuestras vidas. Son su mejor legado.

El 26 de julio se celebra el Día de los Abuelos, una jornada para reivindicar el papel que desarrollan los mayores. Esas personas que en muchísimos casos cuidan, educan y  acompañan a nuestros pequeños en los primeros años de vida. Personas que no son meros “cuidadores de nietos”.  La sociedad, la economía, los nuevos hábitos de vida, la conciliación laboral y otros muchos factores han hecho que los abuelos hayan pasado a convertirse en el sostén de numerosas familias en muchos sentidos.

La generación que -en muchos casos- nació en guerra y postguerra, la que trabajó duro para sacar a España del desarrollismo en derechos y libertades, la que disfrutó (a medias) de la apertura social y cultural y la que ahora vuelve a vivir situaciones inciertas. Una  incertidumbre que  puede llevar al recuerdo de tiempos pasados. Para los más jóvenes, la actual generación de abuelos, no solo aportan ayuda económica, también tienen un papel esencial en el desarrollo de los nietos, de su educación y de su tiempo de ocio.

Pero más allá de los cambios de hábitos o del papel que deben asumir los abuelos para apoyar a la familia, quiero defender su figura como transmisores de valores hacia los nietos, la influencia que ejercen en su educación y el gran vínculo afectivo que se crea entre ellos. Sus mimos, sus malcríos, sus concesiones… La relación entre un nieto y un  abuelo traspasa normalmente el esquema educativo para convertirse en la figura que protege y permite. 

En los últimos meses, el estado de alarma nos ha llevado a experimentar una nueva realidad en la relación entre abuelos y nietos.  El confinamiento no solo obligó a proteger a los más mayores, grupo de alto riesgo de contagio y con más tasa de mortalidad, el distanciamiento físico también afectó de manera muy especial a su día a día. Pero ellos, una vez más, han mostrado su fortaleza para salir de esta etapa especialmente complicada.  Las plataformas digitales y, en concreto, las videollamadas se han convertido en el nuevo vehículo para conservar la relación nietos-abuelos. Un nuevo paradigma instaurado forzosamente que, sin embargo, ha superado las diferencias generacionales con las tecnologías. Pero que, sobretodo, han acercado y han aplacado en ocasiones, la sensación de soledad y de vacío que ha llevado, especialmente a las generaciones más mayores, a mantener una actitud algo más anárquica ante las medidas de confinamiento.

Vivimos una etapa de “nueva normalidad”, una situación que genera grandes incertidumbres, pero que alumbra algunas certezas: los abuelos han pasado de ser “cuidadores” a tener que ser cuidados, los hijos dependen en mayor medida de sus progenitores, el cierre de los colegios ha llevado a explorar nuevas formas de trabajar, los hábitos sociales se han transformado considerablemente y la sociedad, en definitiva, no volverá a ser la misma. 

Sin embargo, hay cuestiones que no pueden cambiar.  Los nietos “dan vida” a los abuelos, es parte de su “contrato intergeneracional” y los abuelos seguirán siendo transmisores de valores, de la historia, de las tradiciones familiares, les enseñarán juegos, serán sus confidentes. Seguirán siendo aquellas personas que nos ofrecen un tesoro incalculable, su huella en nuestra memoria. ¡Feliz Día de los Abuelos! 

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La reconstrucción tras el año cero

El 2020 posiblemente será recordado en los anales de la historia como una especie de año cero en el que un virus desconocido sacudió a la humanidad. La COVID-19, la pandemia causada por el SARS-CoV-2, se cobró demasiadas vidas y transformó por completo nuestros hábitos, paralizó la economía mundial y puso a prueba a la comunidad científica internacional. 

2020 también es el año en el que se  impuso la “‘nueva normalidad”, tras 98 días de confinamiento. Pero más allá de los estragos causados en los sistemas sanitarios a nivel mundial y de las medidas aplicadas para paliar los efectos que sobre la economía ha tenido esta pandemia, el coronavirus ha generado un shock psicológico en nuestra sociedad; un clima de inseguridad y desconfianza que también debemos combatir. Y hacerlo es responsabilidad de todos.

Esta pandemia ha derivado en una crisis que trasciende las consecuencias sanitarias. La sociedad ha sido consciente de que somos vulnerables, que un agente microscópico ha puesto en jaque nuestro modo de vida y que aún existen muchas incógnitas que la ciencia debe resolver.Pero precisamente esa conciencia de vulnerabilidad nos ha traído aspectos positivos. Las innumerables muestras de solidaridad y empatía y, sobre todo, una disciplina social ejemplar que nos ha ayudado a contener la curva de contagios. Ese distanciamiento también ha tenido otras consecuencias positivas, como la universalización del uso de las nuevas tecnologías, incluso en las generaciones más mayores, que nos han ayudado a estar más cerca de los nuestros, aunque fuera tras una pantalla de móvil. También nuestra industria se ha puesto a prueba y ha sido capaz de reinventarse con rapidez para producir el material sanitario tan necesario en los momentos más difíciles de la pandemia.

Más allá del aspecto sociológico, esta emergencia ha generado una crisis transversal que ha salpicado a todas las esferas de nuestra sociedad, un fenómeno que no solo ha obligado a los poderes públicos a combatir el virus. También les ha llevado a intensificar sus esfuerzos para garantizar que ningún ciudadano se quede atrás. 

Hace unos días, el presidente Sánchez señalaba que esta crisis ha acelerado muchos cambios, aspectos que sabíamos que iban a llegar, pero que se asumirían en los próximos años. Cuestiones como la digitalización  empresarial, el teletrabajo, el mayor uso de las nuevas tecnologías en los centros escolares, las aulas virtuales, los cambios en nuestros hábitos de vida y de consumo o en nuestra forma de relacionarnos son solo algunos de los grandes cambios que emergen tras esta crisis sanitaria.    

Ahora, la llamada “nueva normalidad” o “normalidad provisional” tras el estado de alarma nos obliga a todos a tomar la iniciativa. Es nuestra responsabilidad como sociedad. Esta experiencia nos muestra que durante un tiempo las cosas no serán como antes y que debemos adaptarnos a este entorno. Se trata, sin duda, de una misión colectiva en la que no solo los poderes públicos deben aportar soluciones. Agentes sociales, empresas, autónomos, colectivos, instituciones educativas o universidades, entre otros, deben hacer frente común para alcanzar un mismo objetivo: recuperar la normalidad que este virus nos arrebató y aprovechar lo vivido para subsanar deficiencias y mejorar nuestra realidad.

En esta estrategia, son muchas las cuestiones que debemos poner sobre la mesa. Como ejemplo, la comisión creada en el Congreso para la Reconstrucción Social y Económica ya ha acordado más de medio millar de recomendaciones para salir de la crisis del coronavirus, en las que se incluyen planes de prevención, reservas estratégicas, más inversión en servicios públicos, ayudas económicas y nuevas leyes que fomenten el teletrabajo y los horarios racionales. En esta senda, los objetivos de la ODS también serán un bastión en los que fijar las nuevas líneas de trabajo para alcanzar una reconstrucción sostenible e integrada.

En la Comunitat Valenciana la comisión para la Reconstrucción se ha alzado como foro de debate compartido con los representantes de los diferentes sectores. El intercambio de propuestas, visiones, versiones y planteamientos supone un enriquecimiento mutuo y auspicia el éxito del gran pacto de sociedad por el que apostó el President Puig. 

La emergencia sanitaria ha puesto en valor el poder de anticiparse. Esto es, encontrar respuestas tempranas si es posible, a largo plazo ante aspectos que amenazan nuestro entorno. Y este esquema debe ser aplicado con premura ante la emergencia climática y ambiental, y de manera conjunta, integradora y universal, del mismo modo que el COVID-19 se ha afrontado de manera global.

Aludo a adjetivos que refieren a la cooperación porque solo con ella nuestro país podrá afrontar la reconstrucción. En este camino, el diálogo con el resto de países integrados en la Unión Europea resulta clave tanto para lidiar por aspectos como la transición ecológica o digital, como para acometer objetivos más específicos de nuestro territorio. 

España ha creído desde el principio en el proyecto europeo y ahora es momento de demostrar que mecanismos como el Fondo de Recuperación en Bruselas son sólidos y pragmáticos. Y a propósito me gustaría citar el principio de solidaridad, tanto de algunos países miembros como de determinada formación política de nuestro país, que se niega a defender los intereses propios fuera de España. 

En definitiva, todo suma. Si algo nos ha enseñado esta crisis sanitaria es que el conjunto de la sociedad y los actores políticos siempre se necesitan. De poco sirve implementar medidas o restricciones si no hay una respuesta positiva y disciplinada como la que ha habido durante el confinamiento. Del mismo modo que no existe una sociedad justa sin la participación y opinión constructiva de agentes sociales a la hora de establecer prioridades en la agenda política. 

Personalmente, creo que el conjunto de la ciudadanía en su mayoría ha escuchado a este Gobierno. Pero también que el Ejecutivo ha atendido las necesidades e intereses singulares de los diferentes sectores y ha legislado o rectificado en consecuencia. Ahora esta dinámica con un enfoque similar al win to win debe mantenerse más que nunca. Entre todos hemos conseguido frenar el virus, aunque sigue presente. El miedo que generaba ver la cantidad de muertes por COVID-19 debe ahora transformarse en responsabilidad. Responsabilidad para mantener las medidas higiénicas y de distanciamiento físico correspondientes sin olvidar que son compatibles con la regeneración económica de nuestro país.

Las instituciones ya articulan medidas para hacer frente a este nuevo paradigma y los ciudadanos y ciudadanas debemos ser parte activa del engranaje que consolide la recuperación. Colaboremos con los sectores más afectados, ajustémonos a la “nueva normalidad” y respaldemos a las personas más vulnerables. De este modo, nadie se quedará atrás.

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Llegará el día en el que no importe a quien se ama

El 28 de junio se celebra en todo el mundo el Día del Orgullo. Será nuevamente una jornada para reivindicar la orientación sexual y la identidad de género de cada persona. No obstante, este año será excepcional por el contexto en el que vivimos. Un escenario que no solo viene condicionado por la nueva realidad, consecuencia de la pandemia que hemos vivido. También por el creciente ambiente de crispación auspiciado por algunos colectivos y partidos de ultraderecha, cuyo objetivo no es otro que recortar libertades a quienes reclaman la universalidad sus derechos, con independencia de sus valores ideológicos, culturales, religiosos y, por su puesto, de su identidad sexual.

Vivimos en el siglo XXI. Las políticas públicas encaminadas a conseguir la igualdad plena son cada vez más constantes, pero en los últimos meses han resurgido las manifestaciones de odio por cuestión de género, raza u orientación sexual. Resulta cuanto menos contradictorio que en una sociedad cada vez más avanzada todavía exista una minoría capaz de resonar a través de sus mensajes de odio.

A esos grupos debemos recordarles con vehemencia que las personas LGTBI tienen los mismos derechos que el resto. No estamos reivindicado ni creando derechos exclusivos para un colectivo y por tanto nadie puede negárselos. Quienes no crean en estos principios, aunque tengan presencia en las instituciones, no representan a la mayoría de las personas.

Los representantes públicos tenemos el deber de promover las condiciones para que la libertad y la igualdad individual sea real y efectiva. 

Debemos ser conscientes de que estamos ante un momento de avances, pero que todavía no han culminado. La pedagogía entre agentes sociales e individuos resulta fundamental para entender que la diferencia en la orientación sexual no es en sí una diferencia, sino una condición y elección personal igual de válida y, por tanto, respetable que no debe conllevar ningún tipo de desigualdad. Tampoco un freno para desarrollar un proyecto de vida con igualdad de oportunidades.

Paradójicamente, en la mayoría de ocasiones estas oportunidades dependen en gran medida del entorno. Y es ahí, en determinados entornos como el rural, donde el colectivo LGTBI  es más vulnerable. Las dificultades en estos espacios se agrandan ante la falta de referentes y la escasa visibilidad. Además, salir del armario lleva implícita una estigmatización y discriminación que culmina con el éxodo de las personas LGTBI a las grandes urbes, donde desde el anonimato encuentran una mayor aceptación social.

Desde el PSPV-PSOE de la provincia de València llevamos celebrando desde 2012 el Día del Orgullo LGTBI Rural, una jornada que reivindica la libertad de elegir y la diversidad en este entorno para normalizar realidades y que las futuras generaciones puedan tener una vida libre de discriminación.  No podemos olvidar que los armarios pueden en algunos casos ser confortables, pero siguen siendo armarios. No debemos permitir que ninguna persona renuncie a ejercer su plena libertad, con independencia del lugar en el que viva. Por ello, nuestro gran objetivo es que estos municipios sean espacios seguros para la diversidad y que la orientación sexual jamás sea un condicionante que motive la despoblación.

Durante estos más de 40 años de democracia, el papel de las instituciones para atajar la lacra de la discriminación ha sido crucial. En nuestro marco constitucional, los ayuntamientos han hecho de la igualdad uno de sus ejes prioritarios, promoviendo medidas que atienden a las necesidades reales de todas las personas, impulsando acciones de respeto y protección plena frente a la discriminación.

Como secretaria general del PSPV-PSOE de la provincia de València quiero reivindicar el trabajo de los gobiernos locales, los que tienden la mano a la ciudadanía y aportan  herramientas de sensibilización y educación para erradicar de nuestra sociedad cualquier tipo de manifestación contra las personas LGTBI. Debemos seguir actuando en el ámbito familiar, en el escolar, laboral, social, cultural, económico y político y encontrar la adecuada implementación de iniciativas que permitan una igualdad efectiva de las personas en todos los municipios.

El 28 de junio es un día para recordar que conmemorar el orgullo no es perpetuar la diferencia, sino celebrar la progresiva consolidación de derechos de personas que por tener en este caso, una orientación sexual diferente a la tradicionalmente establecida, sufren desigualdades. Hemos trabajado intensamente. Hemos conquistado derechos. Hemos consolidado la igualdad en un mundo de diversidad. Continuaremos librando la lucha para lograr que en nuestra sociedad nunca más importe a quien se ama.

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Oposición destructiva

Siento un enorme desaliento ante los problemas forzados y los conflictos provocados, más si cabe cuando se centran en el insulto y la vejación a las personas. ¿Cómo puede alguien creerse dueño de la verdad absoluta e insultar al resto por no compartir su punto de vista?. Hoy el ejemplo lo encontramos en el portavoz del PP en el municipio valenciano de Chera. ¿Cómo se puede ser representante político y denostar la política?.

Este tiempo de confinamiento nos ha llevado a vivir situaciones excepcionales en todos los sentidos. Como ciudadanía, las más evidentes han sido la privación de nuestra libertad para cumplir con la distancia social necesaria para aplacar la epidemia, la ausencia de nuestros seres queridos, las lamentables pérdidas que han vivido numerosas familias, la enfermedad que ha entrado en tantos hogares o la pérdida de puestos de trabajo que, como consecuencia de la alerta sanitaria, han padecido tantísimas personas en este periodo de emergencia. Pero, como representantes políticos, también hemos vivido una situación muy alejada de cualquier otra. Nunca se nos había planteado un reto de semejantes dimensiones. Una pandemia global a la que hacer frente desde muchos flancos. Ha sido y está siendo un desafío sin precedentes. Las instituciones han tenido que atender una emergencia sanitaria y adoptar medidas inimaginables hace unos meses.

Y en este contexto de estado de alarma los ayuntamientos han estado, una vez más, en  la primera línea de batalla. Miles de alcaldes y alcaldesas han trabajado sin descanso con un mismo objetivo: atender a las ciudadanas y ciudadanos para que nadie quede atrás. Ofrecer los recursos necesarios a las personas más vulnerables, acometer labores de limpieza en calles y espacios públicos, gestionar el aplazamiento de pagos, proveer de material de protección a la ciudadanía, aportar ayudas a las familias más necesitadas y, en definitiva, velar por la seguridad de las personas. Estas son solo algunas de las actuaciones que desde que se decretó el estado de alarma han impulsado los gobiernos locales. Una misión esencial sin la cual no podríamos haber avanzado hacia la desescalada.

En momentos como los que vivimos, hay que reivindicar el valor y credibilidad de la política municipal. Por eso, no deja de sorprenderme la actitud de algunos cargos públicos locales -pero lamentablemente también nacionales- que no dejan en su intento de desgastar a los gobiernos y criticar la gestión de alcaldes y alcaldesas que han trabajado sin descanso durante esta lamentable crisis del Covid-19.

Recientemente he visto algunos vídeos del portavoz popular de Chera, Carlos Montesinos, en los que, día tras día, y por sistema no deja de denostar, no solo la labor del equipo de gobierno municipal, sino que insulta sin pudor a los vecinos del municipio a quienes se atreve a llamar “apesebrados” por el simple hecho de no tener su mismo punto de vista.

La vocación política tiene el fin de mejorar la vida de los y las ciudadanas. Por eso me pregunto;  ¿merece un representante político que lanza calificativos de desprecio sobre sus vecinos mantener un cargo público?  ¿Se incluye el portavoz del PP bajo los adjetivos de “mierda y mentira” que lanza sobre los políticos en sus vídeos?  ¿Incluye dentro de este saco a los políticos de su formación, que en las últimas semanas están destruyendo el verdadero papel de la política ejerciendo una oposición totalmente irresponsable? ¿Qué sentirán tras los calificativos del señor Montesinos los 124 vecinos de su municipio que depositaron la confianza en su partido en las últimas elecciones municipales? ¿Y el resto? Si los vecinos de su municipio están totalmente manejados, tal y como él sugiere, y no tienen personalidad alguna, ¿cuál es el objetivo de los vídeos del portavoz del PP? ¿Pretende bajo esta estrategia cambiar la opinión de sus vecinos a los que llama “lameculos y cobardes”?

La credibilidad de la política y la importancia de confiar en las instituciones depende de los representantes electos. Asistir a tales espectáculos y acusaciones en un estado democrático no genera otra cosa que desafección política y, consecuentemente, pone en peligro a los pilares democráticos de los municipios

Señor portavoz del PP de Chera, la oposición fiscaliza, debate, coopera, propone pero jamás menosprecia ni insulta al resto de formaciones ni a sus representantes. Su actitud, sus palabras, sus acciones no muestran más que el desprecio absoluto a personas que sí que se creen su cargo, que asumen su responsabilidad y trabajan por y para los vecinos.

Si usted no se cree en la política, márchese. Estoy convencida de que hay personas en su partido que tienen voluntad de mejorar. Desde el PSPV-PSOE le recordamos que trabajaremos sin descanso para avanzar en el estado de bienestar, en mejorar los derechos y las libertades de las personas,  en una igualdad real de toda la ciudadanía, sea cual sea su color político.

El valor del trabajo

Hoy los medios de comunicación se llenarán de artículos de representantes públicos y no descubro el mundo si afirmo que los contenidos en sus múltiples versiones abogaran por la defensa de los derechos que a lo largo de la historia se han ido consiguiendo con el fin de obtener un grado aceptable de bienestar colectivo en temas laborales. Presumo aparición de resoluciones y declaraciones varias en redes sociales con protagonismo dispar. Vamos, casi lo mismo que ocurre cuando celebramos cualquier otro “día internacional”. Hoy faltarán algunos agentes en la defensa del trabajo.

La Covid-19 se ha tragado la fiesta – manifestación del 1 de mayo de este año pero espero no sea la única consecuencia que envuelva la diferencia de este día con momentos pasados.

Hay una gran variedad de días internacionales que aglutinan a una mayoría social que no conoce diferencias (desde el día del cáncer de mama al del libro), pero la reivindicación que normalmente llena las calles en la primera jornada de mayo no ha logrado la unanimidad social esperable.

Cierto que el origen de la celebración de forma “institucionalizada” tuvo su origen en el acuerdo del Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional en 1898 y el dato – aunque ampliamente desconocido – produce rechazo entre quienes nunca reconocerán los logros del Socialismo aun siendo estos beneficios colectivos.

Asumida la animadversión que hacia el PSOE profesan algunas gentes de la izquierda -destacados líderes incluidos – me preocupa más el espectro social que autodefiniéndose de derechas se beneficia de los avances de las políticas progresistas, pero mantiene una barrera de nebulosa que le impide reconocer porqué hoy es un poco más difícil que le exploten laboralmente.

El término “clase obrera o trabajadora” que en los últimos años ha sido repudiado del vocabulario, tiene en mi opinión una valía que va más allá de las ideologías. Y del concepto que distingue entre el trabajo manual y el técnico, siendo que ambos aportan al desarrollo social y económico.

¿Dónde quiero llegar?. Todos somos parte de un engranaje que dejaría de funcionar con el fallo de una pieza. Y esto incluye también a aquellos cuyo trabajo articula la red de la aportación de otros al desarrollo de una actividad: el empresariado. 

El movimiento obrero que con sus reivindicaciones de mejoras laborales originó las celebraciones del 1 de mayo debería ser capaz de aglutinar a la ciudadanía como parte de un todo y participes o no de los entornos sindicales, el progreso sería más rápido si todos fuéramos más conscientes de las necesidades mutuas.

¿Por qué el empresariado – con las excepciones debidas – sigue viendo como enemigo a aquellos sin los que su beneficio no existiría?. ¿Por qué una parte significativa de los ciudadanos no se reconoce en una colectividad que le hace fuerte.

La respuesta, mi respuesta es la todavía prevalencia del interés individual. Todas las palabras de generosidad, solidaridad y cooperación se quedan en el aire cuando no se es consciente de que el bien colectivo nos aglutina a todos en beneficio propio. Y este es un buen momento para que algo cambie. La conformación de un nuevo escenario social tiene que servirnos – a todos – para fortalecer el valor que de nuestro trabajo tienen los demás. El 1 de mayo de 2020, el del post Covid-19, puede ser la puerta de entrada a una sociedad más solidaria que no olvide  el objetivo de progreso social. Una sociedad organizada para que los trabajadores salgamos reforzados de esta alarma sanitaria y así nadie la utilice como excusa para un retroceso en nuestros logros.

Quizá una de las mayores enseñanzas de esta pandemia ha sido el valor de los servicios públicos. El trabajo comprometido de servidores públicos, pero también de nuestros autónomos, emprendedores, trabajadores por cuenta ajena, … nos ha demostrado una vez más el valor de lo colectivo.

El esfuerzo realizado no puede quedar en un episodio más de la historia, debe continuar desplegando la responsabilidad por la igualdad y el progreso de nuestra sociedad. Pero esa sociedad tiene que conjugarnos a todos. Si el objetivo es común no se entiende que el camino sea distinto.

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La prostitución, el debate pendiente

“Nos preocupa el coronavirus, pero estamos encerradas y no podemos comer”. Leí hace unos días esta frase en una noticia publicada en prensa. La pronunciaba María José Barrera, miembro del Colectivo Prostitutas de Sevilla, que narraba una de tantas historias desgarradoras que lamentablemente conocemos a causa de la crisis sin precedentes que nos está golpeando. Las redes de trata de mujeres y niñas y las personas que ejercen la prostitución existen y requerían y demandaban también el apoyo de las administraciones para afrontar y superar la pandemia. No podíamos olvidarlas.

María José es el rostro de tantas mujeres que, como ella, luchan por sobrevivir. Como tantas otras permanece en un intrincado limbo, circunstancias irregulares que no podían acceder a las ayudas y prestaciones que se están habilitando. Según explica ella misma “el colectivo vive dos situaciones: o son expulsadas de los clubes donde ejercen o son encerradas en ellos, donde su deuda crece cada día que pasa”. En los casos de mujeres inmigrantes sin papeles la situación se agrava aún más. Con síntomas o no viven con el miedo de acudir a los servicios sanitarios por temor a ser deportadas. Ahora, cada una de ellas intenta subsistir en un complejo entramado salpicado por el contexto de aislamiento social y miedo al contagio. La falta de ingresos desde el inicio del brote en España ha convertido su día a día en una batalla por sobrevivir.

Puede que llegados a este punto de la historia, usted piense que esta crisis está afectando a todos los colectivos, sin excepción. Y tiene razón. Nadie se escapa a la emergencia que ha frenado el mundo de golpe, al cierre de empresas de sectores no esenciales, a la caída de ingresos –si es que es autónomo o su empresa ha hecho un ERTE- y al temor humano a que este episodio se prolongue más allá de lo esperado. Pero la condición de víctimas de la trata y las prostitutas las ha convertido además en heridas invisibles de la crisis sanitaria.

Por desgracia esa sensibilidad social de la que muchos presumen y más si cabe en situaciones extremas como la actual sigue sin querer reconocer una realidad que no vive en las redes sociales pero existe, seguramente por la defensa callada de muchos interés económicos y desalmados personajillos que curiosamente mantienen impoluta su imagen. 

No es fácil abordar con sinceridad una situación que continúa siendo tabú, pero una muestra más del compromiso del Gobierno de Pedro Sánchez con las personas es que el plan de contingencia contra la violencia de género ante la Covid-19 se amplió  hace unos días para acoger la protección a las víctimas de trata y la explotación sexual.

El Consejo de Ministros del martes 21 incluyó en sus ayudas a esas mujeres que viven situaciones de extrema vulnerabilidad para que puedan acceder al ingreso mínimo vital. La garantía para garantizarles las condiciones mínimas de subsistencia a aquellas personas que viven en contextos de aislamiento social y sin apenas redes de apoyo, refuerzo de asistencia, soluciones habitacionales y medidas adicionales de protección social, son algunas de las medidas contempladas.

El drama de la prostitución aflora ahora con mayor fuerza en un contexto que, como digo, ha golpeado con dureza a los colectivos más vulnerables y vuelve a poner sobre la mesa la extrema precariedad en la que se encuentran estas mujeres que, en demasiados casos, viven a merced de sus explotadores. La consecuencia de esta situación es que, si en condiciones de normalidad las prostitutas viven al margen del sistema, ahora también puede ser obligadas a ejercer burlando las medidas que impone la excepcionalidad. Desde el pasado martes las mujeres víctimas de trata y las prostitutas están un poco más protegidas gracias a un gobierno para el que “no vamos a dejar a nadie atrás” es mucho más que una frase, es un compromiso.

Las situaciones a las que se enfrentan estas mujeres nos describen hasta qué punto sufren la vulnerabilidad y el desamparo. No debemos olvidar que la explotación sexual y la prostitución son parte de una misma estructura de violencia y dominación, que tiene sus raíces en la desigualdad estructural entre hombres y mujeres. Desde el PSOE siempre hemos defendido que la explotación de mujeres es una forma extrema de violencia y la demanda de prostitución como la causa que genera la trata. Es decir, no se puede desligar la trata de la prostitución. La explotación de mujeres es incompatible con una sociedad igualitaria. Por ello, es nuestro deber seguir trabajandopara poner en marcha políticas públicas orientadas a combatir la trata, perseguir a los proxenetas, eliminar la demanda y facilitar la recuperación integral de las víctimas.

Nuestra única posición posible ante la prostitución es su abolición, y lo es por compromiso con los Derechos Humanos. Situaciones como la que vivimos actualmente pone aún más de manifiesto que es una de las cuestiones que debemos resolver sin demora. Que debemos superar los tabúes y abordar esta como otra de esas realidades de las que nadie quiere hablar. Debemos acabar con un negocio que es tan nocivo como el tráfico de drogas, por ponerles un ejemplo.

En definitiva, los poderes públicos debemos seguir luchando por lograr una sociedad más justa, que no deje a nadie descolgado del estado de bienestar, que corrija desigualdades y que aproveche este momento de crisis para poner en el foco la acuciante necesidad de resolver la situación de colectivos que no pueden ser invisibles y que merecen una respuesta coordinada de las instituciones y de la sociedad. Erradicar la prostitución y la trata de mujeres y niñas sigue siendo uno de nuestros objetivos para lograr la plena igualdad. Nadie dice que sea una tarea fácil, pero estoy convencida de que la política es el mejor instrumento para alcanzar una sociedad más justa para todas y todos, sin excepción.

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El comercio de proximidad, en pie ante el estado de alarma

El decreto del estado de alarma, sin duda, nos ha revelado nuevas realidades.  Una de ellas, la más evidente, es el aislamiento social tan necesario para frenar la curva de contagios. Esta situación inusual nos llevó a ver en los primeros días imágenes insólitas. Calles vacías, empresas cerradas, colegios y universidades sin estudiantes… pero también colas interminables en la puerta de supermercados ante el temor de las familias a un posible desabastecimiento de alimentos.

Desde el Gobierno, el Ministerio de Agricultura ha sostenido estas semanas que, pese a la excepcionalidad del momento en que vivimos, la producción agrícola, ganadera y pesquera,  el transporte y la distribución de alimentos, así como su comercialización a través de la venta minorista al consumidor, forma la cadena de abastecimiento alimentario cuya actividad debe garantizarse. Con todo, el confinamiento y el posible temor a falta de productos en una gran superficie ha convertido al comercio local en una firme alternativa para llenar nuestra cesta de la compra.

Ahora, las tiendas de nuestros barrios o municipios vuelven a ser visibles por el coronavirus. En este episodio inédito en nuestra historia, los pequeños comercios se muestran como un símbolo de la fuerza de nuestros pueblos y ciudades. El comercio de proximidad es uno de los emblemas de la resistencia en esta crisis y un claro ejemplo de valores como la valentía y el tesón, pero también del comercio justo, equitativo y generador de empleo. 

Estos locales regentados por trabajadores autónomos que llevan compitiendo durante años con grandes superficies y plataformas de venta online, acogen estos días a sus clientes con una sonrisa y con la certeza de que son una pieza esencial en esta batalla. Panaderías, verdulerías, carnicerías o tiendas de alimentación levantan cada día sus persianas para garantizar el servicio a la ciudadanía cuando más lo necesita. Establecimientos que tenemos a la vuelta de la esquina y que siguen adelante dando la cara frente a una de las peores crisis sanitarias que hemos vivido.

Comprar en comercios de proximidad siempre ha sido una buena alternativa, pero ahora lo es más que nunca. No solo por la calidad de sus productos. Es la mejor forma de dar vida a nuestros barrios, generar riqueza, beneficiar a las familias de nuestros municipios,  nuestras personas más cercanas. Pero no solo eso. Al incentivar estos pequeños comercios también damos vida a nuestro entorno más próximo, damos un voto de confianza a aquellas personas que han tenido la valentía de emprender. Cuando un negocio cierra cuesta mucho volver a abrirlo. Por ello, con nuestras acciones, el apoyo a los autónomos es inequívoco.

Consumir en el pequeño comercio supone algo más que una simple elección. Es una decisión mucho más profunda que no solo influye en la buena salud de la economía de un municipio, también promueve un consumo de alimentos saludables, protege el medio ambiente al consumir productos de proximidad, refuerza nuestro compromiso con la sostenibilidad a través de nuestros patrones de compra, incentiva la implantación de nuevos comercios y, en definitiva, su auge es el mejor síntoma de la “buena salud” de una población.

Durante estos días no dejamos de repetir mensajes de unidad para superar esta gran batalla. Es momento de sumar esfuerzos para que este episodio no arrastre a este sector esencial para la vida de nuestros pueblos y ciudades. El comercio local nos demuestra estos días que está en pie frente al coronavirus. 

Por ello, quiero reivindicar su fuerza y determinación y animar a la población a elegir el comercio local, ahora y cuando todo esto pase, porqué con nuestros pequeños gestos podemos ser capaces de lograr grandes cambios en nuestro entorno

Llenemos las terrazas

Hay momentos en nuestras vidas en los que no somos nada conscientes de lo que tenemos, lo que disfrutamos, lo necesario y lo superfluo. Mas diría, solo en situaciones extremas valoramos las pequeñas cosas que hacen grandes nuestra existencia.

Recuerdo hace años, la primera vez que piloté el carrito de mi bebé. Ahí y nunca antes fui consciente de las barreras que las ciudades (y hasta el municipio más pequeño) mantenían entorpeciendo accesos a aceras, paradas de autobús o incluso entradas a hospitales. O cuando viajé a los campamentos del Sahara. La generosidad de quienes ofrecen al visitante los tesoros que poseen que van poco más allá de alojamiento, comida y largas tertulias de filosofía. Y la sonrisa de esas gentes que agradecen tu interés se transforma en una auténtica fiesta diaria llena de colores intensificados por el sol, abalorios hechos por manos diminutas, ojos brillantes y alegría desmedida. Nada tienen y todo lo dan.

Esa sensación de estar perdiéndome en la vida es la que ahora me acompaña en mi confinamiento. Perdiendo tantas oportunidades de disfrute vital que al mirar atrás planteo consciente que el futuro no puede ser igual.

Después del coronavirus nuestra historia personal puede ser como los retos que nos planteamos cada principio de año, o tras el verano. Ya saben, dejar de fumar, ir al gimnasio, comer más sano?, hazañas que en la mayoría de los casos si mantenemos un mes ya es casi como haber conseguido lo propuesto. Después del coronavirus debemos evitar una nueva colección de fascículos a euro el ejemplar, hay que pasar a la acción directa sin plazos ni retos, con diálogo y propuestas, sin prisa pero sin pausa. Hay que revisar y ponderar lo importante, frente a la urgencia. Accionar el botón de encendido en nuestras mentes y disfrutar de lo aprendido encerrados en las cuatro paredes de nuestros hogares.

En la Comunitat Valenciana lo tenemos más fácil que en los tristes territorios de la meseta. Hasta la más alejada de nuestras poblaciones llega la luz cálida y brillante del Mediterráneo, nuestro suave clima (con permiso de los cambios en el planeta) y la necesidad de compartir nuestros espacios públicos. La proliferación de fiestas locales argumentadas en la base costumbrista, religiosa o reivindicativa han llenado hasta ahora nuestras calles y plazas de abrazos, ruido, fuego y disfraces, pero cuando el sol se esconde por nuestros valles y sierras las tertulias se acortan apresuradamente por el cierre de locales y las quejas vecinales.

La crisis sanitaria nos ha transportado a una realidad «balconera» que por encima de los reconocimientos, evidencia nuestras carencias. Necesitamos el contacto con el exterior y sentir que el mundo se extiende más allá de nuestra intimidad. Hoy anhelamos lo que hasta hace días disfrutábamos sin ser conscientes de ello. El poco tiempo que le hemos dedicado durante años al ocio y disfrute personal toma ahora una dimensión diferente porque se nos ha arrebatado la capacidad de mantenerlo. El covid19, la crisis sanitaria, el confinamiento, nos tiene que servir para cambiar muchos de los planteamientos de vida iniciales y uno de ellos es sin duda la posibilidad de socialización.

Decía antes que en la Comunitat Valenciana lo tenemos más fácil que en otros lugares. Es cierto a medias. Es evidente que los factores externos ayudan, la tarea es la eliminación de los impedimentos que desde hace años cubren de perplejidad las pretensiones de ampliar ese círculo de vivencias en las calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades. Las restricciones horarias vienen dadas según «los expertos» por la conciliación con el descanso vecinal, pero insistiendo en el respeto a los derechos de quien quiera perderse la vida y pasarla eternamente confinado, creo que sin llegar a los excesos pautados en las excepcionalidades que se aplican en periodos festivos, debemos abordan cambios sustanciales que nos permitan gozar de los privilegios que la vida en común nos ofrece todos los días.

Las crisis nos dan oportunidades que no debemos dejar pasar, la de repensar nuestro futuro es una de ellas. Y no me refiero solo al ámbito individual. En una tierra en la que el turismo es la base económica los visitantes asistían hasta ahora con extrañeza al cierre tempranero de locales. ¿Y sí cambiamos? ¿Y si mejoramos nuestra socialización con abrazos y besos lentos y dulces, sin prisas ni agobios? El visitante lo agradecerá pero nosotros más si cabe. Somos los valencianos gentes a las que nos gusta la tertulia tras la comida o la cena, la sobremesa larga que permite el diálogo, las riñas futboleras y la expansión infantil.

Iniciemos un nuevo tiempo, llenemos las terrazas y no nos perdamos la vida.

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